Le
replicaba una hija a su madre: “Ya somos todos mayores, mamá; deja
que cada uno haga lo que quiera”. “Claro que sí hija, le
contestaba su madre, puedes hacer lo que quieras; todos podéis hacer
lo que queráis, que ya sois todos mayores; solo que, no estamos en
este mundo para hacer lo que queramos sino para ir al cielo. Aquí
solo estamos de paso. Y para ir al cielo hemos de hacer lo que
debemos hacer, no lo que nos dé la gana. Jesucristo dijo: “Si no
os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.
Era fácil entenderlo porque lo dijo muy claro.
A
un adolescente, a un joven de 15/20 años, qué le vas a contar, si
él ya es mayor. ¿Has visto como se agarra un niño, una niña, de
uno o dos años a la falda de su madre, al cuello de su padre cuando
éste los tiene en brazos? Tal parecen querer soldarse. ¿Has visto
el espanto que les entra si yendo por la calle los pierden de vista?
Pues así nos conviene actuar respecto a Jesucristo, nuestro hermano
mayor, y su Madre santísima si queremos, al fin de esta vida, ir al
cielo. ¿Que no? Pues espera y lo verás a no tardar mucho, que esta
vida pasa muy aprisa. Al cielo no iremos haciendo lo que queramos,
sino haciendo lo que debemos hacer. El quid está en querer hacer lo
que debemos hacer.
Es
claro que podemos usar nuestra libertad como queramos, como mejor nos
parezca; somos muy libres, faltaría. Pero si no hacemos lo que
debemos, no iremos al cielo. El niño, sin querer ni darse cuenta,
por instinto, hace lo que debe, arrimarse a sus padres, le va en ello
sobrevivir. Y Jesucristo, con toda intención, nos los puso de
ejemplo. Y cada uno elige. Eso es lo terrible, que cada uno es muy
libre de elegir, de dar o no dar en el clavo. No es cuestión de
suerte que te toque el Gordo, tú lo eliges. Si quieres, porque
puedes no elegir nada, dejarte llevar. ¿A dónde? Se hace de noche
aunque tú no quieras. Amanece, aunque tú no quisieras. Pero sólo
irás al cielo si te conduces con Jesucristo al modo de un niño
pequeño con sus padres. La cuestión no está en hacerse mayor, que
de eso ya cuida el transcurrir del tiempo, sino en saber seguir
siendo y portarse como niños, no en cuanto al físico sino de
corazón. Porque nuestra estancia en el planeta tierra no es en suma
sino la cola para conseguir el billete para la otra, la que sigue, la
definitiva, la para siempre.
Por
eso esa misma madre terminaba advirtiendo a su hija: “Lo que más
me angustia, hija mía, es que alguno de vosotros, al dar el paso a
la otra vida, me reclamara: “Mamá, ¿y tú sabías esto y no nos
lo decías? Sí, ya sé que nos lo decías, pero debiste decírnoslo
más fuerte, a gritos, hasta que lo oyéramos, hasta conseguir
hacérnoslo entender”.