Esto de los partidos
políticos es un mal invento. Podía parecer una solución pero no lo
es. Está claro que algunos, bastantes, se apuntan a la política a
ver qué sacan. Y eso no es. No debía ser. Porque una cosa es servir
a los demás y percibir por ello la remuneración que toca, y otra ir
a forrarse. Hay quien a toda hora pregunta, ¿qué hay de lo mío?,
cuando se supone que iba a servir, no a servirse. En época de vacas
gordas, querer aprovecharse del puesto ya es un descaro; pero en
tiempos de escasez y de crisis, como es el caso, sigue siendo un
descaro pero sangrante, porque quita el pan a muchos. ¿Y no les da
vergüenza, conocen la vergüenza?
Se
suele decir que la derecha crea la riqueza, llena la caja, pero la
izquierda la reparte mejor. La duda está, ¿entre quienes? Hay quien
lo suyo es hacer el arco iris con los dedos, no se cansan. Lo de
quien reparte se queda la mejor parte, solo hace gracia en la mesa,
al partir el pastel, y todos ríen. En ningún otro lugar.
Sorprende
que del lío de los ERE de Griñán, tan mayúsculo, y los enredos de
Oriol Pujol, y tantos otros, ni se hable, o apenas. O se despachen
con un ‘infundios de Madrid’. Y lo único que levanta polvareda
sea un tal Bárcenas, ausente. Ya es querer sacar punta.
A todo esto, lo de cobrar en negro ¿será verdad o es un montaje? Si
fuera verdad, malo; y si es un montaje, muchísimo peor. Mal asunto,
sería señal clara de que abunda la perfidia. La desfachatez existe,
sin duda ninguna, y hay quien maneja toneladas de ella. Garbanzos
negros hay en ambos lados, pero no en la misma proporción. Hay quien
roba cincuenta y reprocha al que ha robado uno, y en vez de decirse
qué cara tengo, se dice qué bueno soy. ¿Por qué al PSOE parecía
no importarle cuando Zapatero hundía y hundía la economía? Hay
quien interpreta que al verlo todo tan perdido se dirían, como peor,
mejor, así al siguiente gobierno le costará tanto levantarla que al
poco ya podremos protestar: “¿Lo ven como no saben?”.
Sea
como fuere, la imagen que estamos dando ante Europa y el mundo es de
pena. En vez de trabajar, discutimos. En eso siempre hay consenso, en
no parar de discutir. Yo no sé pero el otro tampoco, y por ahí se
les van las fuerzas. Alberto Fabra decía el otro día: “Nuestros
abuelos trabajaban más y se quejaban menos”.
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