martes, 29 de enero de 2013

SIEMPRE ESCAMPA


   Me encontré con un amigo el otro día, no de los íntimos y, hablando hablando, al poco se fue confiando y me contó que, días atrás, un sábado, estaban solos en casa él y su mujer, cosa que casi nunca ocurría, y a la hora de comer va y le dice, su mujer a él: “¿Sabes qué? No tengo hambre y tampoco ganas de guisar. ¿Te importaría hacerte tú algo?” ¿En qué habré fallado?, fue lo primero que pensó. Pero que, en lugar de replicar a tono, prefirió decirle: “¿Estás cansada, no te encuentras bien?”. Y la respuesta que oyó fue: “¡Estoy aburrida!” exclamación, sin duda ninguna, claramente entendible.

   ¿Y cuál fue tu reacción?, le pregunté. Y me dijo que como el tono de la respuesta había sido, no mucho, pero sí un poquito áspero, lo había traducido para sus adentros como que ella se decía a sí misma: “Pero, ¿qué hago yo aquí, en sábado, todo el santo día con este ganso?”. “Porque lo podía haber dicho más alto, pero no más claro; y yo, como invisible no me podía convertir, al menos callado sí. Y preferí callar”.

   Y le felicité por su majestuoso acierto, mientras pensaba que de ángeles en el cielo hay muchos, pero gateando por la tierra aún queda alguno. ¿Y qué pasó?, inquirí. “Apenas dos horas después todo había vuelto a la normalidad, como si nada hubiera pasado”, me dijo.

   Gran virtud saber mantenerse en calma, me repetí una vez más. El fundamento de la felicidad matrimonial estriba precisamente en saber aguantar el primer golpe. Porque si hay contragolpe, mal asunto; ya todo se enreda. Los repentes tienen eso, son aparatosos pero pasan pronto. Bueno, pasan pronto si la base del matrimonio es buena. Es decir, si en un principio estuvieron los dos enamorados (uno y una, no confundamos). Por eso, ante cualquier emergencia, lo primero es volver a la base, al principio. Preguntarse: ¿Esta mujer es aquella de la que me enamoré como un loco, quise tanto y sigo queriendo? Y si la respuesta es sí, pelillos a la mar, ya escampará.

   Y en esto me acordé de aquel gran expresidente, el llamado Felipe (‘el dios’ al decir de sus adjuntos), que solía repetir: “Tras la tormenta, siempre escampa”. Entonces me hacía reír la ocurrencia, pero me he ido haciendo mayor y estoy empezando a reconsiderar si no tendría bastante razón. Aunque, a decir verdad, a mí me hubiera gustado más que su muletilla fuera: “Tras la noche, siempre amanece”. Más poético y menos gastado; pero no se le debió ocurrir. Tampoco puede uno estar en todo. Y esquivar el GAL le debió costar lo suyo. 

miércoles, 23 de enero de 2013

¿DINERO PÚBLICO?


Cuando la exministra Carmen Calvo afirmó que el dinero público no es de nadie, es harto probable que no quería decir lo que la gente entendió. No fue un traspié ni un traslengua. Ella querría decir que no era de nadie en concreto, sino de todos. Pero muchos, sobre todo los políticos, lo que entendieron fue: “Si el dinero público no es de nadie y yo, como autoridad, puedo disponer de él, pues, oye, ¿a qué espero? Para que se lo lleve otro, me lo llevo yo”. Y empezaron los zarpazos, no se fuera a enmohecer la visa oro por falta de uso.

        No serían todos los políticos, claro, ni mucho menos. Pero si tienen alguna duda de que bastantes sí, vayan por Andalucía y pregunten: “Oigan, eso de los ERE, ¿me podrían explicar qué fue, en qué consistió?”. Y, hecha la pregunta, mejor que disponga de tiempo, porque la contalla será larga.

        Solo que todo esto, en suma, ‘peccata minuta’ (faltas leves), menudencias. Pongámonos en lo que cuenta. Cuando un presidente de Gobierno, en una democracia que se valore, y ni falta hace citar nombres, compra voluntades nacionalistas, es decir, contrarias a la nación una, para conseguir tal o cual acuerdo que ‘particularmente’ le interese, ¿creen que el coste, que por muchos ceros que añadan a la unidad se quedarán cortos, lo paga de su bolsillo? Pues no, lo paga del bolsillo de todos. Solo que yo no lo he autorizado, ¿usted sí? Y esto, una vez y otra, en un Estado rico, pues sí, quizá. Pero en la pobre España, pues no. Y ahora lo estamos pagando. Empezando a pagar, que la procesión será larga.

martes, 22 de enero de 2013

¿TIENE ARREGLO EL MUNDO?


   Si usted va preguntando a la gente si el mundo tiene arreglo, esté bien seguro  que, uno a uno, le contestarán que no. Y, sin embargo, sí lo tiene, sólo que nos empeñamos en arreglarlo por camino equivocado. Dios creó el mundo y lo creó perfecto. El fallo estuvo, si acaso, en hacer al hombre libre. Solo que en Dios, sabiduría infinita, no cabe imprevisión ninguna; luego, él sabrá. Pero el primer hombre, Adán, ya le desobedeció.  Mal empezamos. Y de ahí arrastramos el pecado original. Y es que toda desobediencia a Dios, ser infinito, conlleva una carga de culpa infinita que, ningún humano, ni tan siquiera todos juntos pidiendo perdón a la vez, conseguiríamos contrarrestar. ¿No hay solución, por tanto?
 
   Sí la hay, y sólo podía provenir del mismo Dios. Como Dios son tres personas, Padre, Hijo y Espíritu, acordaron que una de ellas, la segunda, el Hijo, viniera a este mundo y se hiciera hombre, como nosotros; y naciera de una virgen, sin dejar de ser de Dios. Grandioso. Y pagara con su sacrificio de valor infinito por todas nuestras faltas. ¿Todo resuelto? Sí y no. La única condición es, como somos libres, que cada uno acepte que esa remisión que nos ganó el Hijo de Dios, se nos aplique. ¿Cómo? Arrepentidos de nuestras culpas, pedirle perdón las veces que haga falta. ¿Hasta setenta veces siete? O más. ¿Y si uno no quiere pedir perdón? Si tal es, ni Dios le puede perdonar. ¿Volvemos al callejón sin salida? No, porque sí hay salida. Cierto que, por mucho que insistamos, nuestro empeño contra su obstinación, si el impenitente no quiere, empate a cero. Pero Dios lo puede todo, y si le pedimos con insistencia que lo ilumine, lo hará. El prometió que todo lo que le pidamos nos lo concedería, siempre que fuera para bien. Y no hay duda que la salvación de un alma es el mayor bien imaginable. Lo que no aclaró es si nos lo concedería a la vez primera, a la segunda, o a la milésima.
 
   Con todo, tengo para mí que en esto de pedir a Dios por éste o aquél, dale que dale, hay algo de trampa, algún truco. Sin duda a muchos, pidiendo y pidiendo, vez y vez, como mientras pides estás muy cerca de aquel a quien pides, en este caso muy cerca de Dios; y como en el entretanto el tiempo, tan limitado para los humanos va pasando, a la que se dan cuenta les ha llegado su hora y  de pronto se encuentran en el cielo. Y al poco llega también aquel por el que pedían. Carambola. Negocio redondo. Y adviertes que si pides para bien, Dios te atiende seguro; pero si tarda, es para mejor. Porque busca cazar dos pájaros de un tiro. Se las sabe todas.
 
   (Un aparte: Aunque a mí lo que de veras me angustia es qué pasará con el mundo cuando de él falten las personas que ocupan todas sus horas, del día y de la noche, en intentar arreglarlo).

BENDITOS ABUELOS


   Con bastante frecuencia suelo llevar y traer a algunos de mis nietos al colegio. Y compruebo con satisfacción que son multitud los abuelos que hacen lo mismo. Y mientras esperamos a que se abran las puertas, aunque ya sé muy bien la respuesta, me encanta preguntar, sobre todo a los muy conocidos: “Oye, ¿tú te acuerdas si a ti, tu abuelo, te venía a buscar al colegio todos los días?”. La respuesta de los preguntados, sea el que sea, siempre es la misma: “¿A mí?, ¡nunca en la vida!”.
  
   Es fácil de entender. Aparte de que hace unas décadas la vida de las personas era algo más corta, hay otra razón fundamental: Ahora los abuelos cobramos pensión; y antes, sin pensión alguna, quieras que no, salvo la enfermedad, te tocaba trabajar hasta el día antes de irte de este mundo. Todo por culpa de la dichosa costumbre de comer todos los días. Y más de una vez. Y hoy día, si la salud acompaña, es una satisfacción y un placer echar una mano. Aparte que nos hace sentirnos útiles.
  
   Con todo, no debemos olvidar que a los hijos los educan los padres, no los abuelos. Hay un pasaje en la Sagrada Escritura que lo aclara sin dejar duda ninguna: “Hijos, obedeced a vuestros padres; padres, no exasperéis a vuestros hijos”. De abuelos y nietos no dice nada de nada. ¿Acaso los abuelos no han de dar algún consejo a los nietos, si se tercia? Claro que sí. Los que hagan falta, pero sin pasarse. Sobre todo uno: El mejor consejo es darles buen ejemplo.
  
   En resumen, ¿deberes de los abuelos con los nietos? Ninguno. Cuanto hagan es voluntario y gratuito; los deberes son todos de los padres. ¿Derechos de los abuelos con los nietos? Ninguno. Bueno, sí, uno. ¿Cuál? El derecho a malcriarlos. Siempre ha sido así, y los abuelos de hoy día no íbamos a privarnos de tan agradable y simpático quehacer.