Me
encontré con un amigo el otro día, no de los íntimos y, hablando
hablando, al poco se fue confiando y me contó que, días atrás, un
sábado, estaban solos en casa él y su mujer, cosa que casi nunca
ocurría, y a la hora de comer va y le dice, su mujer a él: “¿Sabes
qué? No tengo hambre y tampoco ganas de guisar. ¿Te importaría
hacerte tú algo?” ¿En qué habré fallado?, fue lo primero que
pensó. Pero que, en lugar de replicar a tono, prefirió decirle:
“¿Estás cansada, no te encuentras bien?”. Y la respuesta que
oyó fue: “¡Estoy aburrida!” exclamación, sin duda ninguna,
claramente entendible.
¿Y
cuál fue tu reacción?, le pregunté. Y me dijo que como el tono de
la respuesta había sido, no mucho, pero sí un poquito áspero, lo
había traducido para sus adentros como que ella se decía a sí
misma: “Pero, ¿qué hago yo aquí, en sábado, todo el santo día
con este ganso?”. “Porque lo podía haber dicho más alto, pero
no más claro; y yo, como invisible no me podía convertir, al menos
callado sí. Y preferí callar”.
Y
le felicité por su majestuoso acierto, mientras pensaba que de
ángeles en el cielo hay muchos, pero gateando por la tierra aún
queda alguno. ¿Y qué pasó?, inquirí. “Apenas dos horas después
todo había vuelto a la normalidad, como si nada hubiera pasado”,
me dijo.
Gran
virtud saber mantenerse en calma, me repetí una vez más. El
fundamento de la felicidad matrimonial estriba precisamente en saber
aguantar el primer golpe. Porque si hay contragolpe, mal asunto; ya
todo se enreda. Los repentes tienen eso, son aparatosos pero pasan
pronto. Bueno, pasan pronto si la base del matrimonio es buena. Es
decir, si en un principio estuvieron los dos enamorados (uno y una,
no confundamos). Por eso, ante cualquier emergencia, lo primero es
volver a la base, al principio. Preguntarse: ¿Esta mujer es aquella
de la que me enamoré como un loco, quise tanto y sigo queriendo? Y
si la respuesta es sí, pelillos a la mar, ya escampará.
Y
en esto me acordé de aquel gran expresidente, el llamado Felipe (‘el
dios’ al decir de sus adjuntos), que solía repetir: “Tras la
tormenta, siempre escampa”. Entonces me hacía reír la ocurrencia,
pero me he ido haciendo mayor y estoy empezando a reconsiderar si no
tendría bastante razón. Aunque, a decir verdad, a mí me hubiera
gustado más que su muletilla fuera: “Tras la noche, siempre
amanece”. Más poético y menos gastado; pero no se le debió
ocurrir. Tampoco puede uno estar en todo. Y esquivar el GAL le debió
costar lo suyo.
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