lunes, 18 de febrero de 2013

YA SOMOS MAYORES


   Le replicaba una hija a su madre: “Ya somos todos mayores, mamá; deja que cada uno haga lo que quiera”. “Claro que sí hija, le contestaba su madre, puedes hacer lo que quieras; todos podéis hacer lo que queráis, que ya sois todos mayores; solo que, no estamos en este mundo para hacer lo que queramos sino para ir al cielo. Aquí solo estamos de paso. Y para ir al cielo hemos de hacer lo que debemos hacer, no lo que nos dé la gana. Jesucristo dijo: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Era fácil entenderlo porque lo dijo muy claro.

   A un adolescente, a un joven de 15/20 años, qué le vas a contar, si él ya es mayor. ¿Has visto como se agarra un niño, una niña, de uno o dos años a la falda de su madre, al cuello de su padre cuando éste los tiene en brazos? Tal parecen querer soldarse. ¿Has visto el espanto que les entra si yendo por la calle los pierden de vista? Pues así nos conviene actuar respecto a Jesucristo, nuestro hermano mayor, y su Madre santísima si queremos, al fin de esta vida, ir al cielo. ¿Que no? Pues espera y lo verás a no tardar mucho, que esta vida pasa muy aprisa. Al cielo no iremos haciendo lo que queramos, sino haciendo lo que debemos hacer. El quid está en querer hacer lo que debemos hacer.

   Es claro que podemos usar nuestra libertad como queramos, como mejor nos parezca; somos muy libres, faltaría. Pero si no hacemos lo que debemos, no iremos al cielo. El niño, sin querer ni darse cuenta, por instinto, hace lo que debe, arrimarse a sus padres, le va en ello sobrevivir. Y Jesucristo, con toda intención, nos los puso de ejemplo. Y cada uno elige. Eso es lo terrible, que cada uno es muy libre de elegir, de dar o no dar en el clavo. No es cuestión de suerte que te toque el Gordo, tú lo eliges. Si quieres, porque puedes no elegir nada, dejarte llevar. ¿A dónde? Se hace de noche aunque tú no quieras. Amanece, aunque tú no quisieras. Pero sólo irás al cielo si te conduces con Jesucristo al modo de un niño pequeño con sus padres. La cuestión no está en hacerse mayor, que de eso ya cuida el transcurrir del tiempo, sino en saber seguir siendo y portarse como niños, no en cuanto al físico sino de corazón. Porque nuestra estancia en el planeta tierra no es en suma sino la cola para conseguir el billete para la otra, la que sigue, la definitiva, la para siempre.

   Por eso esa misma madre terminaba advirtiendo a su hija: “Lo que más me angustia, hija mía, es que alguno de vosotros, al dar el paso a la otra vida, me reclamara: “Mamá, ¿y tú sabías esto y no nos lo decías? Sí, ya sé que nos lo decías, pero debiste decírnoslo más fuerte, a gritos, hasta que lo oyéramos, hasta conseguir hacérnoslo entender”. 

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